A menudo confundimos el ejercicio intelectual de comprender algo con el acto ético de aceptarlo. En nuestra búsqueda por una sociedad más equitativa, solemos poner el foco en la educación y la pedagogía —en el «entender»— bajo la premisa de que, si todos comprendemos los motivos del otro, el conflicto desaparecerá. Sin embargo, la realidad es más compleja: la justicia no nace de la lógica, sino del reconocimiento.
La trampa del entendimiento
Entender es un proceso cognitivo. Requiere datos, análisis y, frecuentemente, una validación personal. El problema radica en que, cuando condicionamos el respeto a nuestra capacidad de entender al prójimo, estamos estableciendo una jerarquía de poder.
El sesgo de la lógica propia
Si digo «no te respeto porque no entiendo tu estilo de vida», estoy convirtiendo mi capacidad de comprensión en el juez de tus derechos. Esto es peligroso porque:
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Nuestra experiencia es limitada y nunca podremos entenderlo todo.
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El entendimiento suele buscar similitudes, mientras que la justicia debe proteger las diferencias.
Aceptar como un acto de humildad civil
Aceptar, en este contexto, no significa estar de acuerdo ni asimilar la visión del otro como propia. Significa reconocer la legitimidad de la existencia y los derechos de la otra persona, incluso cuando su realidad nos resulta ajena, confusa o intelectualmente inalcanzable.
La aceptación no requiere validación
Para que una sociedad sea justa, no necesito entender por qué profesas una religión, por qué sientes tu identidad de una forma específica o cuáles son tus raíces culturales. Solo necesito aceptar que tu derecho a ser es igual al mío. La aceptación es el suelo firme; el entendimiento es, en todo caso, el edificio que construimos después (o no).
Hacia una justicia basada en el reconocimiento
Cuando priorizamos la aceptación, eliminamos la barrera de la «explicación constante». Las minorías y los grupos vulnerables a menudo cargan con la fatiga de tener que explicarse para ser respetados.
«La justicia social comienza cuando el respeto deja de ser una recompensa por ser comprendido y pasa a ser un derecho inherente por el simple hecho de existir.»
El papel de la empatía radical
La empatía radical no es «sentir lo que tú sientes», sino aceptar que lo que tú sientes es real para ti. Al dar este paso, transitamos de una tolerancia frágil a una convivencia robusta.
